Carlos Marzal y la religión de la abundancia

«En aquel tiempo, buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad», escribía Borges en el prólogo que puso en 1969, con setenta años, a su primer libro de versos, Fervor de Buenos aires (1923). Hay algo de cierto en aquello de que la elocuencia y la melancolía impostada son tentaciones de juventud y que, con el paso de los años y el descubrimiento de los dolores no librescos, se tiende a cifrar casi todos los anhelos en la claridad y la calma, en que no perturben deudas ni pesares. Pasamos, en un abrir y cerrar de ojos, de noctámbulos a burgueses, de las languideces de la luna a los destellos de sol, como diría Manuel Machado.

Algo así ocurre en la biografía lírica de Carlos Marzal (Valencia, 1961), poeta que ha ido reemplazando la noche, el malditismo y la canallería de sus primeros libros por el mediodía y la concordia de quien se siente un huésped agradecido del mundo en Euforia (2023). No sé si es casualidad la elección como título de una palabra que contiene las cinco vocales del español, pero uno tiene la impresión de que el término cifra un cosmos en miniatura en el que caben todas las tonalidades emotivas de un homenaje a la existencia: desde el recuerdo de los amigos y maestros que se fueron hasta la conversión en símbolos de las menudencias de la vida cotidiana.

De todas las microantologías que podrían extraerse de Euforia, una de las más sugerentes es la que compartimos aquí. Como figura en la entrada del blog, quizá podría titularse «la religión de la abundancia», pues, si bien es cierto que Marzal no es un poeta confesional en sentido clásico, no cabe duda de que aquí los ritos e instituciones que rodean a la comida adquieren una dimensión transcendente: la lista de la compra es simultáneamente un repertorio de intimidades domésticas y una oración que reza a la materia y al espíritu; el mercado el templo de una religión que venera a Santa María en Luz de la Abundancia; la matanza el rito que encarna el aspecto sacrificial de cualquier culto que «todo lo purifica y lo dispone»; el hambre una manera de estar en el mundo que rebasa la necesidad fisiológica; la cena, la ceremonia en la que cristaliza la vertiente comunitaria de la fe y la necesidad de conmemorar la compañía. Se podría decir, parafraseando a Donoso, que para Marzal toda cuestión alimenticia está envuelta en una gran cuestión teológica. No está de más, en un mundo en el que hasta la nutrición está preñada de la lógica de la optimización y el pragmatismo, militar en las filas del que —por lo menos desde los tiempos de Baltasar del Alcázar— pasa por ser el credo más sabroso de nuestras letras.


La lista de la compra

Es una intimidad.

Me parece más honda

que todo el repertorio de esas intimidades

con más reputación.

Se trata de un sistema

para que militemos con fe entre la abundancia.

Lo que mis hijos quieren,

aquello que consagra el apetito,

nuestro brindis al sol de cada día.

La fruta, las verduras, el aceite.

La carne y el pescado: para que no olvidemos

que hay muerte y sacrificio a cada instante.

Esta lista es el método

mediante el que me opongo a la desgracia.

Un gesto reflexivo, una oración

que reza a la materia y al espíritu.

 Muchos actos de amor no lo parecen.

Mercat Central

Prefiero los mercados a los templos.

(A su manera son

                            templos sin dioses;

o con dioses amables

que ni nos intimidan ni amenazan.)

A todos los inspira el mismo lema:

Aquí nadie comulga con la muere:

ni un paso más

                        si llegas con lamentos.

No tienen sitio en él quienes declaran

que el yo es una tortura,

                                     esos plomizos

que ofenden a la vida, porque entienden

el deseo como una variedad

de la insatisfacción.

                               Bajo la cúpula

del Mercado Central me siento inmune

a todas las desdichas.

                                 Yo lo llamo

Santa María en Luz de la Abundancia.

Quienes me ven comprar nunca dirían

que si sonrío es porque estoy rezando.

Es día de matanza

Este rito es un pacto de alegría.

Que no cuaje la sangre, removedla

con la cuchara limpia.

                                  El sacrificio

convierte lo real en alimento.

Chamuscad bien la piel, porque la llama

todo lo purifica y lo dispone.

Abre de par en par el corazón

y no cierre los ojos a este mundo.

Las mujeres, los viejos y los niños

saben salar, saben picar y saben

estar como es debido en esta fiesta.

Con qué esperanza estamos destazando.

Hasta el último día todo es tiempo.

No desaprovechemos ni un instante.

Llegar con hambre

No hay nada como el hambre, si es que puede

ser saciada con lo que más nos gusta.

Estoy hablando de fisiología,

pero también de estética,

                                       de aquello

que quiera apetecérsenos, incluso,

de espiritualidad, de cualquier cosa

que incite el apetito.

                                Soy omnívoro,

un animal hambriento, con un hambre

que viene de muy lejos y es mi herencia.

Hambre de ti y de mí: siempre recíproca.

Como de todo: playas, cuerpos, nubes.

Como amigos, cristales, como el acto

de cantar que ahora mismo estoy comiendo.

Traigo un hambre de lobo,

                                          de ladrón

a oscuras y en aullido, de maestro

sin escuela ninguna salvo el ansia.

Hay que llegar famélico al banquete.

No tengo hartazgo.

                               Soy un puro antojo.

La boca agua, os juro, se me ha hecho.

Hacer la cena

Cada noche del mundo,

                                     en cada casa

vuelve la ceremonia de la cena.

La rutina es sagrada, superior

al hecho excepcional,

a cualquier rito desacostumbrado.

Lo mágico es que existan, encubiertas

las magias clandestinas.

Alguien hace la cena: es el milagro.

Alguien pone el mantel, cuatro cubiertos.

Alguien hace un hervido, abre una lata.

Y todos cenan como si tal cosa.

Cada cena es la cena inaugural

y es también cada vez la última cena.


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