Una tarde de toros en el Puerto

Plaza de toros del Puerto

Me viera yo en tus carteles

una tarde marinera

haciendo con tu bandera

señas a mis timoneles.

Lejos de los redondeles

no sé qué sangre te espera

ni qué torillos abantos

te acribillan a cornadas

plaza real, coronada

de grímpolas y lepantos.

Aquilino Duque Gimeno (1931-2021), libérrimo intelectual y poeta de aristocrática elegancia, ha declarado en alguna ocasión que el haber vivido muchos años en el extranjero le ha hecho tener «algo exacerbada la anacrónica pasión del patriotismo» y, por ello, no ha dejado de escribir sobre los grandes temas españoles: las contradicciones de su historia, la relación con Portugal, los paisajes, el regionalismo, la Semana Santa y, por supuesto, la fiesta nacional. Como buen aficionado, Aquilino ha encontrado en el arte de Cúchares una cantera de fraseología castiza, una manera de crecerse ante el castigo de los chekistas vestidos de literatos y, por su puesto, la inspiración para numerosos escritos en verso y prosa, con el ensayo El toreo y las luces (1989), memorias taurinas y homenaje a Pepe Luis Vázquez, como emblema principal. En algún lugar ha dicho, además, con un sutil homenaje a Manuel Machado, que de no haber sido poeta le hubiera gustado ser, más que un banderillero, un torero de raza.

De sus arrimos líricos al mundo del toreo, quizá la mejor muestra sea una décima incluida en su primer poemario, La calle de la luna, precioso librito de versos andaluces en cuya cubierta ya figura el nobilísimo animal.

Titulada «Plaza de toros del Puerto», la décima puede resultar un tanto difícil en una primera lectura, especialmente por términos como «abantos», «grímpolas» o «lepantos», así como por el ambiguo punto de vista: ¿quién —y desde dónde— nos habla en el poema? ¿Qué tienen que ver el mar y los timoneles con los torillos ensangrentados de la plaza? Situémonos en la realidad descrita por el poema: el texto es un homenaje a la plaza del Puerto de Santa María, ciudad con la que Aquilino se familiarizó cuando realizó la mili y a la que siempre vio, como ha declarado alguna vez, a través de los versos de su admirado Rafael Alberti. De esta plaza, que quienes escriben estas líneas solo han visto por fuera, dijo uno de los toreros más grandes de la historia, Joselito, «quien no ha visto toros en El Puerto, no sabe lo que es un día de toros».

Lo curioso es que, como le contaba a Fernando Sánchez Dragó en esta entrevista (véase a partir del minuto veintiocho), él tampoco había pisado la plaza cuando escribió sus versos, tirando —como casi todo poeta novel— más de ingenio que de nostalgia. En ese mismo programa, tras recitar la décima, explica el significado del par de palabrejas con que remata su texto. Los lepantos eran las gorras que llevaban los marineros y que, cuando acudían a una corrida en El Puerto y el matador lo merecía, lanzaban a la plaza en señal de aplauso. Con las grímpolas, término marinero para designar un tipo de banderín, Aquilino se refiere en su poema a aquellas semejantes que adornaban la plaza, y que probablemente los navegantes, por analogía, llamarían así. De esta manera, el texto —ahora de aires mucho más albertianos— es la ensoñación de un marinerito que, desde la mar, se imagina una faena memorable en El Puerto, con el ruedo coronado de las grímpolas y lepantos que han arrojado otros marineros en tierra. Para concluir este pequeño repaso, no nos olvidamos de recordar, por un lado, que «abanto» es un término taurino para designar a un toro algo miedoso y, por otro, que quienes vayáis hoy a ver los toros en El Puerto haciendo caso a Joselito, justo debajo de su frase, os encontraréis con un elegante azulejo que reproduce la décima de Aquilino.


Una respuesta a «Una tarde de toros en el Puerto»

  1. Avatar de Enrique García-Máiquez
    Enrique García-Máiquez

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