El valenciano Fernando Vizcaíno Casas, que dejó por escrito su visión sobre los años cuarenta en diferentes obras, dice que si hubo dos notas que caracterizaron aquella década fueron «la alegría de vivir y el afán de trabajar», y que la gente, en general, no quería saber nada de política y procuraba superar los malos recuerdos de la guerra. Lo hace glosando, precisamente, una copla de otra valenciana, Conchita Piquer:
Que no me quiero enterar,
no me lo cuentes, vecina;
prefiero seguir soñando
a conocer la verdad…
Algo tiene el agua cuando la bendicen, y algo de esto tienen también las iniciativas de aquella época llevadas a cabo por Luis Rosales y su generación, si se las examina con la atención y cuidado que merecen. Una de las empresas a la que se dedicaron con denuedo fue la de sacar a flote proyectos relacionados con el periodismo cultural; Escorial o Cuadernos Hispanoamericanos —revistas no siempre tratadas con la independencia crítica que requerirían— son dos buenos ejemplos de ello. Sin embargo, existe una iniciativa menos conocida y cuyo estudio nos ha deparado un feliz hallazgo que queremos dar a conocer en este blog. Se trata de Vida Española, un semanario de 1947 dirigido por Luis Rosales del que se tenían muy pocas noticias: que estaba financiado con capital monárquico (en aquel momento Rosales comenzaba a relacionarse con los círculos de conspiradores monárquicos que desde Estoril aconsejaban a «Juan III», don Juan de Borbón —hijo de rey, padre de rey, jamás rey—); que intentó publicar a algunos de los exiliados con la ayuda de Leopoldo Panero; y que al tercer número le suspendieron la revista porque no quiso el poeta firmar un editorial conmemorativo de la fecha en que el Generalísimo «llegó al Poder», el 18 de julio.
Lo cierto es que la nómina de la revista es espléndida e imponente (Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Azorín o José María Pemán), aunque en las pruebas del último número —que no se ha llegado a conservar— aparece nada menos que la firma de Ortega y Gasset y la de Eugenio d’Ors, ambos maestros de Rosales, aunque con el último tuviera alguna que otra desavenencia originada por un poema satírico que el granadino le dedicó en los tiempos de Burgos.
Para lo que aquí nos interesa, Rosales, como le comenta en carta inédita a su compañero Leopoldo Panero, pretendía «publicar un cuento en cada uno de los números del Semanario y, por lo tanto, necesitamos muchos. Bien sabes que los escritores españoles, si tenemos un criterio exigente, no bastan para cubrir sino una mínima parte de estas necesidades». Aunque el poeta de La casa encendida confesara haberse equivocado «en las cosas que él más quería», no atinó mal en esta ocasión y la sección de cuentos la abrió nada menos que don José Martínez Ruiz, Azorín.
«La tregua» se titula este relato, que no hemos encontrado ni en sus obras completas, ni en recopilaciones de cuentos, antologías, ediciones de obras inéditas… Nada. Parece que Azorín lo mandase a esta malograda revista —que no ha recibido ningún asedio crítico— y después se esfumase y se perdiese entre los legajos de otras afamadas obras azorinianas. Pero, ¿de qué trata este cuento, «que no es cuento, sino historia»?
Lo principal es que va sobre tres personajes, padre (Pablo), madre (María) e hijo (Luis); cada uno arrastra un conflicto íntimo irresoluble, pero no un problema especialmente trágico, sino más bien una angustia banal y un tanto ridícula que le otorga a la narración un claro carácter irónico. A las pocas líneas se da cuenta el lector de que el cuento es metaliterario y profundamente digresivo, con interrupciones que recuerdan a las de Cipión a Berganza en la novela canina de Cervantes, donde lo esencial se entremezcla con lo accesorio y la anécdota acaba convirtiéndose en categoría.
En realidad, Azorín, que ya había explorado la novela psicológica en otros textos como El escritor (novela, por cierto, que Rosales y Ridruejo le ayudaron a publicar), está llevando aquí el género hasta sus límites, hasta el punto de hacerlo irreconocible y de burlarse en ciertos momentos de sus convenciones («¿No ha leído usted alguna novela de carácter psicológico?»). A la supuesta ligereza del relato, donde parece que no suceda absolutamente nada, hay que sumarle la superficialidad de sus personajes: un padre preocupado por la vitalidad de su entusiasmo por el Greco, una madre que comienza a advertir los primeros signos de declive de su belleza y un hijo que nunca llega a escribir sus poemas por no encontrar la poética exacta que los sustente.
Mención aparte merecen, claro, las bellas ilustraciones de cada uno de los personajes firmadas por José R. Escassi, compañero y amigo de Rosales que ya había ilustrado textos suyos como el Retablo Sacro del Nacimiento del Señor (1940), así como el hecho de que Azorín le haya puesto el nombre de Luis al poeta de la historia para publicarlo, precisamente, en una revista dirigida por Luis Rosales, que si no fue tan diltante como el protagonista de este cuento, sí que demoró incansablemente la publicación de sus obras, hasta el punto de estar más de cincuenta años revisando Segundo abril (1972), poemario que comenzó en 1938.
Pero como dice el narrador de la historia: vayamos al grano. He aquí «La tregua», de Azorín, desconocido, minimalista y delicioso cuento, que se había perdido entre las páginas de Vida Española. Que lo disfruten.
—¿De qué hablan ustedes? ¿Qué tregua era esa? ¿Por qué se hacía la tregua en el comedor? ¿Querría usted explicarme ese enigma?
—Ningún enigma. En dos palabras se lo explicaré a usted. La cosa es muy entretenida. Digo, me parece a mí que es entretenida.
—¿No bastará ya con ese prólogo? ¿Se necesita que la introducción sea prolija?
—Comienzo mi cuento, que no es cuento, sino historia.
Se hacía la tregua en el comedor, a la hora de comer, naturalmente. No es que estuvieran contrapuntados; más cordiales entre sí no podían estar. Fueron los tres buenos amigos míos; los estoy viendo todavía en el comedor, naturalmente, repito, a la hora de comer. Eran tres, como las tres hijas de Elena; pero las tres hijas de Elena, ya sabe usted que “ninguna era buena”. Y estos mis amigos no podían ser más buenos de lo que eran. Al grano: el padre era Pablo; la mujer era María; el hijo era Luis. Vivían espléndidamente; tenían convidados todos los días, o casi todos. Cuando no los tenían, la tregua de que hablo, o de que voy a hablar, no por eso, por estar solos, era menos densa. Claro que ese momento de respiro no podía ser tan sólido estando solos que acompañados. Y no crean ustedes que la mesa, como terreno de la tregua, había sido constituida con facilidad. Nada de eso; para llegar a la tregua fue preciso establecer primero el medio en que el apaciguamiento tenía que producirse. Si hubo opiniones dispares, tuvieron que ser reducidas a la unanimidad: unanimidad en la cocina; es decir, en el ordinario que se comía, en los vinos que se bebían y en el servicio, con arreglo al cual había que comer. Digo esto del servicio porque ustedes saben que antaño hubo sus más y sus menos entre dos autoridades en el arte de comer, sobre cuál era el mejor sistema para servir una mesa. ¿El servicio “en postura”? Por no detenerme no les explico a ustedes qué es esto del servicio “en postura”. Pasemos a otra cosa. Pero no he dicho que la concordia a que se llegó en eso del ordinario fue el aceptar la cocina francesa con interpolaciones de la española. Y aceptar los vinos franceses, algunos vinos, como el Borgoña y el Sauternes, dejando a salvo la hegemonía de los vinos andaluces. ¡Pues no hubiera faltado otra cosa! ¿Adónde se beberán vinos mejores que un Montilla, un Málaga, un doña Mencía, un Jerez, un Sanlúcar, un Rota? Veo, lo sospecho, que estoy desvariando. Pero con desvarío y todo, quiero hacer justicia a los vinos espumosos de Reims. Esos vinos eran respetados, reverenciados, admirados —y, por su puesto, bebidos— en la mesa de mis amigos. Y vamos con lo esencial.
—Perdone usted un momento; no puedo por menos de interrumpirle- ¿Es que va usted a llevar la misma marcha sinuosa en todo su relato? ¿Y es que si usted va sesgando no podremos nosotros interrumpirle?
—Con perfecto derecho; pero si ustedes me interrumpen, interpretaré yo la interrupción como un voto de censura. Ya saben ustedes que yo tengo el achaque de ser algo parlamentario. Y continúo con mi cuento, que no es cuento. Lo malo es que ya no sé por dónde iba. Sí, acabo de recordarlo.
Estaba ya constituido el terreno de la conciliación, quiero decir el de la tregua: la tregua cotidiana que se hacía en el comedor, con invitados o sin invitados. ¿Y por qué se hacía la tregua? Creo que lo he preguntado ya: pero tampoco de esto me acuerdo. No hay mal en ello: voy a lo que iba. Ya están sentados a la mesa Pablo, el marido; María, la mujer, y Luis, el hijo. Advierten los tres que su íntimo conflicto se ha anulado momentáneamente; es preciso producir este adverbio: momentáneamente. Con que la tregua sea la de un momento, el tiempo que se come, ya con eso les basta a los tres. Y ahora sí que entro en un terreno delicado, arduo, dificilísimo. Imploro de ustedes atención, más que atención, perdón, perdón por las muchas faltas que puedo cometer.
—Sí, sí; demasiado pedir perdón. ¿Y por qué esa insistencia? ¿Tan dificultoso es el exponer el caso de esos tres amigos de usted?
—¿No ha leído usted alguna novela de carácter psicológico? ¿No está usted familiarizado con el sutil examen de las almas? Pues a un examen parecido voy yo. Y por lo raro del caso, suplico la lenidad de ustedes. No estaban emponzoñados uno contra otros mis amigos: Pablo, María y Luis. Tenía cada uno su conflicto interior, y era en la mesa donde, por unos momentos, los olvidaban. Y claro que luego, pasada la comida, pasada la sobremesa, volvían a ser atormentados por su íntima desesperación. No quisiera emplear esta palabra, demasiado recia, demasiado bronca; pongan ustedes otra más suave, más apacible, más dulce. Salvando este trance, continúo. Pablo había perdido todas sus ilusiones. Digo mal, le quedaba una. Había perdido la ilusión del poder político, la ilusión de la popularidad, la ilusión del dinero, a pesar de que gastaba el dinero, el mucho dinero que tenía. ¿Y cuál era la ilusión que antes cosntituían sus ilusiones y que ahora ya no le decían nada. Las representaciones plásticas de las cosas del mundo nos la dan la pintura. Tenía Pablo una soberbia colección de cuadros. Ninguna colección en Europa tan completa como la suya. Había comenzado Pablo su labor de coleccionista, sintiendo una admiración ecuánime por todos los grandes pintores. No había distinción entre unos y otros: lo mismo le daba Rembrandt que Velázquez; Goya que Zurbarán. Pero, poco a poco, fue entusiasmándose con el Greco; era la época en que el Greco todavía no estaba, como se dice, “en pinganitos”; tal pintor era casi desconocido. Y cuando descubrimos algo que está oculto, que nadie conoce, es la ley forzosa que demos una importancia desmesurada a lo que hemos descubierto. Quedamos en que el entusiasmo de Pablo por el Greco era ardiente, inenarrable. ¿Había de sostenerse este entusiasmo mucho tiempo, años y años? Existía en aquel tiempo, en todos los amantes de la pintura, en los profanos en el arte y en los que no son profanos, pasión por el Greco. No duró mucho tal tensión admirativa; forzosamente tenía que ir amenguando. Pero en el caso de Pablo, al cansancio se asoció el espíritu crítico de mi amigo. Comprendió que en el Greco había una desproporción entre el espíritu y la materia, con detrimento de las bellas formas de la materia. Y en este punto comenzó su conflicto íntimo. ¿Podía él abandonar, sin más ni más, su pasión de siempre? ¿Podía hacer traición al Greco? Pasaba, pasando en tal cosa, ratos amargos. Y, sin embargo, era preciso, ineludible, el llegar a una región de arte, a un pintor, en suma, en que encontrar un perfecto equilibrio entre los dos elementos humanos. ¿Sería ese pintor Tiziano? ¿Sería Velázquez? ¿Se resolvería Pablo a dar el paso decisivo, peligroso?
Digo peligroso porque no sabía él —lo sospechaba— si una vez instalado en la pintura equilibrada de Tiziano, podría continuar en ella, o tendría que dar otro paso, llevado de su veleidad. Veleidad llamaba Pablo el hecho de sentir ahora una admiración por un pintor y sentir mañana otra admiración por otro pintor. “Y si estando en Tiziano —decía él— ¿me voy un día a Rubens? ¿No encontraré en Rubens un desequilibrio tan enorme como en el Greco? ¿No es Rubens el pintor de la materia, con detrimento del espíritu? Y si me encuentro en Rubens, ¿no estaré tan desasosegado como ahora estoy con el Greco? Y sus días y sus noches eran fatales. Y no había momento tranquilo para mi pobre amigo.

—¿Nada más? ¿Y ese es todo el desgarrador conflicto? ¿Y quiere usted que creamos en la serenidad de su amigo? ¿Y los otros conflictos? ¿Y el de María? ¿Y el de Luis?
—No atropellemos el cuento, que no es cuento, sino historia. María era la mujer más bonita de su tiempo, sin ofender a nadie. María tenía una belleza sosegada, serena. Encantaba contemplar a María; pero el tiempo pasa; el tiempo va pasando; el tiempo no se detiene; el tiempo lo deshace todo; el tiempo acaba con todo. Y la belleza de María llegó a un momento crítico. Necesito palabras delicadas, muy delicadas, para exponer el caso. María estaba en el momento de mi cuento, que no es cuento, sino historia —no me cansaré de repetirlo—, en ese instante en que lo que ha permanecido incólume comienza a decaer; es un instante acaso imperceptible. No lo percibirán los indiferentes; sí que lo advierten, vaya si lo advierten, las rivales de las beldades. María se daba cuenta de esta situación suya; la contemplación no era ahora tan insistente como antes; una mirada que se dirigía a María, no se detenía en su persona tanto como años atrás; si se la contemplaba en el paseo, en el teatro en la calle, las miradas la envolvían como en otros días. Antes, María tenía la vanagloria de presentar su hermosura desprovista de todo; quiero decir que no necesitaba para que plenamente la admiraran el señuelo de las joyas; nunca usaba joyas María. Siempre, en todas partes, su figura, por solo su figura, bastaba para la admiración unánime. Y ahora, en el trance de pasar de un estado a otro, necesitaba, ineludiblemente, el ornato delusorio de las joyas. ¿Y cómo, sin que sus amigas, sus queridas amigas, sus muy queridas amigas lo advirtieran, iba María a realizar la transformación? ¿No sería esto una humillación para ella? ¿No sorprendería de pronto una sonrisa irónica? ¿No tendría que soportar elogios a sus joyas, que serían sarcasmos? ¿Y de qué modo comenzar? ¿Con esta sortija de un grueso y claro diamante de tabla, engastado en oro coronario, que ella tenía en la mano? ¿Y Luis? ¿Qué hacemos de Luis? ¿Cuál era el conflicto de Luis?

—Todo lo veremos. Digamos que los días y las noches de María eran amargos; no tenía, como le sucedía a Pablo, hora tranquila. Luis era poeta; todo su tiempo lo dedicaba a la poesía; claro que Luis era rico; o lo era su padre, que es lo mismo. No hay tenacidad como la de un poeta, cuando el poeta es tenaz. Y Luis lo era. No hay satisfacción como la de un poeta cuando el poeta es poeta, o sea cuando el poeta es descontentadizo. ¿Y cómo podría existir un poeta, poeta delicado, sin descontento? Descontento de sí, en primer término, y descontento de sus colegas. Luis estuvo dos años, tres años, cuatro años, preparando su libro. ¿Cómo había de ser su poesía? ¿Qué densidad o tenuidad había de tener? ¿Y las proporciones? ¿Y el contenido? ¿Con ideas o sin ideas? ¿Con realidad o sin realidad? Y cuando todo estuviera resuelto, ¿cuál habría de ser el título del libro? ¿Poesía, sencillamente, o poesías? La diferencia entre un título y otro es esencial. No es lo mismo poesía que poesías. 1840 fue el año de poesías: poesías de Zorrilla, poesías de Espronceda, poesías de Arolas. ¿Por qué no pusieron poesía? ¿Es que no eran poetas? Y si lo eran, si tenían conciencia de su valor, ¿qué inconveniente había en usar del vocablo citado? Cavilando en estas cosas no podía sosegar Luis. Y sólo en la mesa, en el terreno neutral y bienhechor de la mesa, encontraba por unos minutos apaciguamiento a su lucha interna.

—¿Nada más? Y se acabó el cuento, que sí que es cuento y no historia.
—Historia o cuento, el caso es que, pensando en el cuento o la historia, todos, cual más cual menos, podemos repetir la frase tradicional: “Defiéndame Dios de mí”.
Azorín
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