En diciembre de 1938 vio la luz una «perplejidad bibliográfica», tal y como la llamó Miguel d’Ors, publicada por Ediciones Arriba y hoy todavía escasamente estudiada.
Se llamaba así, Los versos del combatiente, y aparecía firmada por un tal «José R. Camacho», del que apenas se decía en la propia cubierta que era «sargento de morteros».

Cubierta de Los versos del combatiente (1938).
Muchos estudiosos de la poesía de la Guerra Civil se han empeñado en seguir atribuyendo esta obra al autor que aparece allí consignado, José Rosales Camacho, hermano de Luis Rosales y, efectivamente, sargento de morteros. Sin embargo, una fugaz ojeada al primer poema de este interesante cancionero nos ofrece ya muchas pistas sobre quiénes podían estar detrás del libro:
Príncipe: De estas canciones
nunca el autor se sabrá
son de nadie y son de todos
los que las quieran cantar
que al fundir el corazón
con el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.
Bien conocida es ya la firma de estos últimos cuatro versos, en los que reconocemos indudablemente la pluma de Manuel Machado en su famosa composición «Cualquiera canta un cantar» de Sevilla y otros poemas (1918). La pregunta que surge ahora es: ¿quién se escondía detrás de estos combativos versos publicados por una editorial falangista?
Lo cierto es que Luis Rosales conserva en su archivo personal un ejemplar de este libro en el que anotó bajo el título de cada poema todos los vates que participaron: él mismo, que compuso la mayor parte del libro, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, José María Pemán… Este próximo año, si Dios quiere, publicaremos una edición de esta obra en la editorial Guillermo Escolar.
Pero para lo que a nosotros nos interesa, Los versos del combatiente da título a este blog por diversos motivos. El primero y más importante es la calidad de las composiciones que forman el libro. A pesar de haberse escrito en un clima de guerra, nada propenso —como sabemos— al ejercicio poético más elevado, lo cierto es que cualquiera que se acerque a sus versos se dará cuenta enseguida de la belleza y finura de los poemas allí reunidos:
¡Y estaba esperando el mar
una mirada cristiana
que le supiera mirar!
Madre, si muero soltero
ya tendrán mis camaradas
los hijos por los que muero.
En segundo lugar, por la gracia y sencillez que transmiten sus poesías, pues cantan lo popular y cotidiano con ligereza. Algo de esto también tiene este blog: una voluntad de rescatar lo bello sin necesidad de escribir un artículo de veinte páginas y mil citas bibliográficas. Y, cómo no, también tiene algo de lo que Antonio Machado, hermano del que participa en esta obra, definía del siguiente modo:
«En España lo esencialmente aristocrático, en cierto modo, es lo popular. Entre españoles, lo esencial humano se encuentra con mayor pureza y más acusado relieve en el alma popular».
Se ve muy clara la idea en este poema del librito, que sabemos que escribió su hermano Manuel:
Tres días de permiso
traigo del frente,
tres días de permiso
para quererte,
conque, chiquilla,
ya ves tú si tenemos
que darnos prisa.
Y, por último, claro, porque este blog, ya desde un comienzo, aspira a ser como aquellos versos —en los que, por cierto, el enemigo está casi ausente— un poquito, ligeramente —digamos— combativo, porque la poesía puede (y debe) también cantar aquellos temas hoy demodés o considerados políticamente incorrectos, pero fundamentales y, sobre todo, presentes siempre en la historia de la literatura. Aunque los escondan. Los versos del combatiente tiene algunos de estos:
¡Hasta conquistarte España
nuestro corazón está
partido como la Patria!
Camarada,
me toca el puesto del alba.
Ya sé que la noche enfría,
y que el lucero te engaña,
y que la carne está sola,
y que los rojos atacan.
Pero se puede fumar…
Nada,
me voy al puesto del alba.
Aspiramos nosotros también, como hicieron este grupo de poetas capitaneados por Rosales y Ridruejo en Burgos, a contar, a rastrear en la historia literatura española, desde la poesía cancioneril hasta lo más granado del panorama actual, «la exactitud y el decoro / para buscar el milagro / con los ojos».
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